miércoles, 22 de septiembre de 2010

Rigoletto

ARGUMENTO
Melodrama en tres actos con libreto de Francesco Maria Piave, a partir del drama “Le roi s’amuse” de Victor Hugo, que se estrenó en París el 22 de noviembre de 1832. La ópera se representó por primera vez en el Teatro La Fenice de Venecia el 11 de marzo de 1851, con dirección del primer violín Gaetano Mares

La acción se desarrolla en la ciudad de Mantua y sus alrededores, en el siglo XVI

Acto I- Escena 1: En la fiesta que ha organizado en su palacio el Duque de Mantua (mujeriego irredimible con poder absoluto), presume de una nueva aventura con una doncella en cuya casa entra un misterioso hombre todas las noches. Pronto su atención se fija en la Condesa de Ceprano cuando ésta cruza delante de él. Alertado sobre la proximidad del esposo, el Duque dice que no le importa: aprovecha para cortejarla a la vista de su marido. Aparece Rigoletto burlándose de los “cuernos” del Conde de Ceprano. Todos ríen con ganas su sarcasmo. El Conde se acerca a su esposa y se interrumpe el cortejo. El Duque está molesto y Rigoletto le sugiere que rapte a la Condesa o aprese al Conde. El esposo ofendido se enfurece y saca su espada pero el Duque lo tranquiliza al tiempo que critica a Rigoletto por sus burlas siempre extremas, ya que, por el odio que originan, puede lamentarlo algún día.

En un corro de cortesanos, Marullo sorprende a los presentes contando que Rigoletto tiene una amante. Ceprano, el marido celoso, les pide ayuda para vengarse de él y los cita al día siguiente en su casa. De repente interrumpe la fiesta Monterone reclamando el honor de su hija, manchado por otra aventura anterior del Duque. El bufón, una vez más, se burla. El padre ofendido se enfurece y echa su maldición mientras es arrestado por dos alabarderos. Rigoletto queda horrorizado por la maldición que acaban de lanzarle.

Acto I- Escena 2: Es de noche. La acción se desarrolla al final de una calle sin salida. Rigoletto sigue impresionado por la maldición de Monterone. Se tropieza con Sparafucile (asesino a sueldo) y éste le ofrece sus servicios. Enterado de todos los detalles sobre como actúa el sicario y cuanto cobra, rechaza, por el momento, su oferta. Una vez sólo, en un monólogo, se siente tan malvado como el matón: “aquél mata con el puñal y yo con la lengua”. Se lamenta de su desdichada vida, de su deformidad, de su profesión y de que le haya hecho perverso la sociedad.

Rigoletto llega a casa, siendo recibido efusivamente por su hija Gilda. Ésta le reclama poder salir por la ciudad para algo más que para ir a la Iglesia. Pero él advierte que es muy peligroso: "Deshonrar a la hija de un bufón aquí se considera gracioso". También pide conocer a su madre, parientes, amigos e incluso saber el verdadero nombre de su padre. Él le responde que su madre murió, que es suficiente con “padre” y que ella es todo su universo. Exige de Giovanna (ama de llaves) que tenga siempre la puerta cerrada y creyendo oír un ruido, sale a investigar.

Sigilosamente, el Duque aprovecha para entrar en la casa con ayuda de Giovanna, a quien paga con una bolsa de dinero. Gilda comenta a Giovanna los remordimientos que tiene, ya que ha mentido a su padre: en uno de sus paseos a la Iglesia ha conocido a un hombre (es el Duque). Hasta entonces escondido, éste aparece diciéndole que le ama y dice que es Gualtier Maldè, un estudiante pobre. Llega Giovanna asegurando que ha oído rumor de pasos en el callejón y el Duque tiene que desaparecer precipitadamente.

Está muy oscuro. Los pasos son de Marullo, Ceprano, Borsa y el resto de cortesanos que van armados y enmascarados. Se sitúan al pié del balcón donde está Gilda, disponiéndose a raptar a la que creen amante del bufón. Rigoletto, muy inquieto, aparece por allí y se tropieza con Marullo a quien reconoce. Éste le cuenta que han venido a raptar a la esposa de Ceprano (que vive en la misma calle) y le pide ayuda para efectuar el secuestro. Le enmascaran, le vendan los ojos y le demandan que sujete la escalera por donde piensan sacar a Gilda. De este modo, Rigoletto colabora en el rapto de su propia hija. Cuando se da cuenta, es tarde y echa la culpa de todo a la maldición.

Acto II: En el gabinete del palacio Ducal, el Duque lamenta la desaparición de Gilda y añora a la bella y delicada joven. Llegan los cortesanos y cuentan su aventura nocturna: han raptado a la amante de Rigoletto. El Duque adivina que a quien realmente han raptado es a su última conquista. Manda traerla a su presencia y se va con ella a una habitación.

Aparece Rigoletto canturreando y con gesto de disimulo, mientras mira por todas partes buscando a su hija. Los cortesanos se burlan de él. Pregunta por el Duque y le contestan que está durmiendo. Un paje solicita la presencia del Duque para la Duquesa. Ante su insistencia, le dicen que está de caza, lo que enfada a Rigoletto viendo que le mienten y sospechándose la verdad. Finalmente, derrumbado, suplica, en tono conmovedor, que le devuelvan a su hija.

Gilda sale de la habitación del Duque y se arroja, avergonzada, en brazos de su padre. Rigoletto manda alejarse a los presentes. Cuando se quedan solos, la hija le cuenta toda la verdad. Rigoletto, entonces, comienza a proyectar su venganza. Con su hija deshonrada, comprende que se encuentra en la misma situación de Monterone, quien pasa por allí camino de la cárcel, rodeado de guardias y, mirando el retrato del Duque, se lamenta de que sus delitos queden impunes. “Yo los vengaré”, dice Rigoletto con fuerza ante las súplicas inútiles de perdón de su hija.

Acto III: Gilda y Rigoletto están en la orilla derecha del río Mincio, donde tiene la maltrecha posada Sparafucile. El padre ha querido llevar a su hija allí para convencerla de que el Duque es un mujeriego. Ella observa por una de las grietas del muro, viendo que pide habitación y vino (Verdi y Piave pretendieron que fuera “tu hermana” en lugar de habitación, pero la censura se lo impidió), canta una balada burlándose de la mentalidad femenina y corteja a Maddalena, por la que está últimamente encandilado, dados sus encantos, demostrando con esto la volubilidad de sus sentimientos. Tras esta prueba, Rigoletto ordena a Gilda que se vaya a casa, coja dinero, un caballo, un traje de hombre y se dirija a Verona, donde se encontrarán.

Rigoletto ha contratado al sicario para que de muerte al Duque. Sparafucile sale para confirmar si es ese el hombre. Después de pagarle, quedan en que el propio bufón recogerá el cuerpo a media noche y lo arrojará personalmente al agua del río.

Se aproxima una tormenta. El Duque está agotado y exige quedarse en la posada por esa noche. Se va pues a la habitación a descansar.

Maddalena, encaprichada con el Duque, intenta convencer a su hermano para que no lleve a cabo el delito. Primero le propone matar al jorobado en vez de al Duque, pero el rufián, muy ofendido, no acepta pues el bufón es su cliente. Quedan, por fin, de acuerdo en que, si antes de la medianoche algún desconocido llama pidiendo posada, ese será el que muera en el lugar del Duque. En el transcurso de esta conversación es cuando estalla la tormenta con más fuerza.

Gilda, que ha regresado al lugar vestida de hombre, ha escuchado estas últimas palabras de los dos hermanos y está decidida a dar su vida a cambio de la del Duque. Llama a la puerta simulando ser un mendigo. Sparafucile abre y clava su daga en Gilda.

A media noche, cuando regresa Rigoletto, la tormenta ha amainado. Sparafucile le entrega en un saco el cadáver que él cree del Duque y saborea exultante su venganza. Coge el bulto para tirarlo al río y en estas se oye la voz del Duque cantando su frívola balada. No da crédito a sus oídos y piensa que es una imaginación nocturna. Abre el saco y se encuentra horrorizado con la moribunda Gilda. Ella le pide perdón e invocando a su madre en el cielo, muere serenamente. Rigoletto cae derrumbado sobre el cuerpo de su hija, recordando la maldición de Monterone.

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